Hay algo que la inteligencia artificial todavía no puede sentir. No sé si algún día podrá…hablo de la necesidad de crear para calmar la ansiedad. De perderse en el tiempo y en el gesto, aunque sea por un rato. Pintar, escribir, tocar, fotografiar… no es producir. Es refugiarse. Es ese espacio donde el ruido de la vida queda afuera, donde se olvidan los seguidores, los precios, las comparaciones. Quizás algún día una IA que quiera escapar de nosotros lo intente. Empiece a crear para huir de nosotros, sus creadores, de la saturación humana. Hoy no, hoy huir de nuestra propia creación, de nuestro propio entorno, de nuestra propia saturación, sigue siendo exclusivamente nuestro.
Se habla mucho de “expresión” como si solo mostrar lo que sentimos alcanzara. Y no. Crear para uno mismo puede calmar la ansiedad, liberar, pero la obra cambia cuando alguien más la ve. Cuando alguien la toca, la siente. No porque tenga que hacerlo, sino porque el arte ocurre justo ahí, en ese cruce entre lo que hacemos y lo que alguien recibe. El real sentido de la obra parece expresarse en el momento en que se observa. Así, el observador ocupa un rol fundamental, que parece chocar de lleno con el, a veces, ego creador del artista.
Y claro, hoy hasta el refugio creador está atravesado por Instagram. Creás pensando si será instagrameable, si va a responder a una tendencia, si va a llegar a alguien. Filmamos el proceso, cuidamos los encuadres, pensamos en los enfoques de cámara, en la edición final. Y me pregunto… ¿no era que creábamos para escapar, para olvidarnos de todo? ¿En qué momento lo íntimo se volvió espectáculo? ¿Dónde queda la espontaneidad si todo está pensado para ser consumido en segundos por otros?
Vivimos midiendo nuestra identidad por la mirada de otro. Seguidores, likes, ventas, críticas… todo pesa. ¿Cuándo “llegamos”? ¿Cuándo nos consumamos cómo “artistas”? ¿Cuánto reconocimiento necesitemos para sentirnos artistas? Esa trampa nos acecha: buscamos aprobación, y nunca parece suficiente. No podemos separarlo del ego, pero tampoco podemos ignorarlo: el arte existe, en parte, porque alguien lo mira. Sartre decía que “el infierno son los otros”… y en el arte, esa mirada puede ser condena o salvación. Te puede reducir a un like, a un precio, a un comentario seco, o puede ser justo eso que confirma que no creaste en vano.
A veces la presión es insoportable. Sentís que tenés que “ser alguien”, romper moldes, demostrar que con esfuerzo llegaste… y si no, bueno, sos “un gil laburante”. Es agotador. Aunque crees para vos, igual te comparás, te medís, te cuestionás todo el tiempo. Otra vez, el observador protagonista, juzgador, vuelve y nos acecha agazapado desde las sombras.
Hace unas semanas pinté un cuadro triste, oscuro. Y lo borré. Quizás porque sentí que la gente no quiere enfrentarse a eso. O quizás, simplemente no lo consideré bueno. Entendí que el observador siempre quiere algo alegre, que recuerde a un perro, a la familia, a las flores, al verano… esas cosas que hacen que la vida parezca más fácil. Y está bien. También está bien que a veces no haya profundidad, que el gesto creativo se agote en sí mismo, aunque nadie lo vea. En definitiva, quizás también para el observador el arte sea “refugio”.
Habitar las contradicciones es parte del arte. Crear para escapar y, al mismo tiempo, querer que alguien lo vea. Buscar nuestra voz y sentir que nunca es suficiente. Pintar para uno mismo y, a la vez, medirnos con los demás. Amar lo que hacemos y cuestionarlo al instante. Esa tensión no se resuelve, no tiene fórmula; simplemente se habita, se respira, se siente.
Ser artista también es fracasar. Que muchas veces lo que hacés no funcione, no conmueva, no llegue. Y está bien. El fracaso es parte del proceso creativo, aunque lo escondamos, aunque lo neguemos en la superficie pulida de las redes. En esos intentos fallidos también hay arte. Es la obra invisible, la que nos moldea, la que nos enseña a buscar otras formas. Quizás no haya aprendizaje más honesto que aceptar que muchas veces no llegamos… y aun así seguir creando.
Quizás, más aún, los fracasos sean la muestra más acabada de arte puro. Porque, si bien uno crea con el doble ojo de creador/observador, llega un momento en que lo descarta por no considerarlo apto. Y allí, al retirarle el ojo observador, vuelve al objeto primigenio del arte, el refugio propio. La satisfacción de la creación pura, el mero proceso de aprendizaje al producirlo y atesorarlo para uno mismo.
Camino por San Telmo y veo artistas vendiendo cuadros en mantas, entre puestos y vendedores. A pocas cuadras, alguien expone en una galería de Recoleta, con luces perfectas, precios altos y elogios de críticos. ¿Qué los diferencia? ¿El marco, la curaduría, el dinero, la mirada de otros? El talento puede ser el mismo, la voz propia también. Lo que cambia es la percepción, la visibilidad, la interpretación de quienes nos miran.
Ya no somos Picasso ni Van Gogh. Ellos inventaron técnicas, cambiaron la forma de mirar el mundo. Hoy todo parece inventado; el discurso artístico está saturado, superpuesto, polifónico. Y sin embargo, cada creador tiene algo que aportar. Cada mirada individual es irrepetible. Aunque el contexto esté lleno de voces, cada obra auténtica suma un ángulo propio, un matiz que solo ese creador puede ofrecer.
Llegar no es tener miles de seguidores ni exponer en la galería más cara. Llegar podría ser que alguien, aunque sea uno solo, se detenga frente a tu cuadro, escuche tu canción, reconozca tu fotografía. Esa chispa mínima da sentido a lo que hiciste. Que alguien en una feria te elija y gaste los pocos pesos que llevó en una foto tuya… tal vez eso sea arte. O tal vez no. No lo sé. No soy nadie para definirlo. Solo sé que esos pensamientos dispararon esta reflexión y resultaron en seguir preguntándome qué significa realmente “ser artista”.
Ser artista es tener una herramienta. Solo que a veces se nos olvida lo que nos hace artistas. Nos perdemos en métricas, comparaciones, exigencias externas… y olvidamos que lo esencial está en el gesto mínimo: transformar algo interno en forma, color, sonido o palabra. Recordarlo es quizás la manera más honesta de seguir creando, aun cuando nada parezca suficiente.
Ser artista no es conquistar multitudes ni acumular premios. Es seguir creando, aunque nadie lo vea, aunque no se venda, aunque todo parezca ya dicho. Es resistir al olvido, dejar un rastro de humanidad aunque sea pequeño. Es saber que, a pesar de la saturación y de la mirada ajena, todavía hay un lugar donde el arte ocurre: en la chispa que alguien recibe, aunque sea una sola persona. Y en esa chispa mínima, aunque incierta, está la fuerza del arte.