De sobrevivir a involucrarse: cuando la experiencia se vuelve compromiso

Natalia Tedesco es Directora de Operaciones de Civic House, docente en la Universidad de Buenos Aires, contadora y licenciada en Administración. No hay un plan detrás de su recorrido, lo personal y lo social se fueron mezclando hasta no poder separarse.

Hay historias que no empiezan con una vocación clara, sino con una serie de encuentros —algunos buscados, otros completamente inesperados— que terminan moldeando una forma de estar en el mundo y de preocuparse por un otro. En su caso, el compromiso social no fue un punto de partida, sino algo que estaba latente y que, con el tiempo, fue tomando forma y abriéndose camino.

Creció en una familia de ingenieros, rodeada de números, fórmulas y certezas técnicas. Lo social no era un tema central en su casa. Sin embargo, algo estaba ahí.


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Ese “algo” empezó a tomar forma a partir de un hecho que marcó a toda una generación: la Tragedia de Cromañón.

Natalia no lo plantea como un punto de quiebre directo ni como el origen de su compromiso social. Pero, a medida que reconstruye esa experiencia —de la que fue víctima— aparece otra lectura: Cromañón fue también su primer acercamiento a lo colectivo.

Fue la primera vez a sus 17 años que participó de marchas, que vio a personas movilizarse por una causa incluso sin haberla vivido en primera persona, que entendió lo que implica una comunidad organizada alrededor de un reclamo.

Ahí empezó a aparecer algo nuevo: la idea de involucrarse.

Acababa de terminar el secundario cuando ocurrió la Tragedia de Cromañón. Durante mucho tiempo no se reconoció como víctima.

“Una víctima es alguien que perdió a un familiar, alguien que perdió la vida; yo sentía que no entraba en ese lugar, yo no me morí”, explica.

Ese proceso fue largo. Con los años —y atravesada por experiencias, terapia y nuevas lecturas— pudo empezar a nombrarse también como sobreviviente. Cromañón dejó marcas concretas, algunas todavía presentes. Pero también abrió una puerta: fue su primer contacto con la organización colectiva, con las marchas, con el reclamo de justicia.

“Ahí entendí que había una forma de levantar la voz”, recuerda.

Ese despertar no se tradujo inmediatamente en una decisión profesional. Siguió un camino más tradicional: estudió ingeniería, después contabilidad. Pero algo no terminaba de encajar. La sensación de estar en el lugar equivocado fue creciendo con el tiempo.

Al punto de querer dejar la carrera cuando le faltaban pocas materias para recibirse. No porque no pudiera, sino porque no le encontraba sentido, no la llenaba.

En ese momento apareció una pregunta que le cambió el rumbo. Su psicóloga le dijo: “¿y si trabajás en una ONG?”.

La respuesta le salió casi automática: “¿pero puedo vivir de eso?”.

El giro llegó casi sin buscarlo: la posibilidad de trabajar en una organización social. Ahí se produjo un cambio profundo. No dejó de trabajar con números, pero esos números empezaron a tener otro sentido.

“Por primera vez sentí que lo que hacía impactaba en la vida de otros”, dice.


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Su recorrido en el tercer sector creció desde ahí. Pasó por distintas organizaciones y distintos roles, hasta llegar a ocupar el puesto de Directora que ocupa hoy, y que tiene injerencia en Colombia, México, Uruguay y Argentina.

Hoy, desde Civic House, forma parte de un modelo poco tradicional dentro del mundo de las ONG: una organización que combina tecnología y desarrollo social para potenciar el impacto de otras iniciativas.

Civic House funciona como una plataforma que articula distintas organizaciones sociales, brindándoles estructura administrativa, legal y financiera para que puedan enfocarse en su misión. A la vez, impulsa proyectos propios vinculados a tecnología cívica, inclusión digital e incidencia pública en América Latina.

Su objetivo es claro: multiplicar el impacto social. No solo a través de acciones directas, sino fortaleciendo a quienes ya trabajan en territorio. Desde plataformas de donación más accesibles hasta proyectos de investigación sobre trabajo y tecnología, la organización busca intervenir en problemas estructurales desde una lógica colaborativa y escalable.

En ese esquema, el rol de Natalia es clave: lidera la operación que permite que todo ese ecosistema funcione.

“Sin una buena estructura, muchas organizaciones no sobreviven”, explica.

Y lo dice sin vueltas:

“No alcanza solo con donaciones. Eso ayuda, obvio, pero si no hay una estructura atrás que genere cierta sustentabilidad, es muy difícil sostenerlo en el tiempo. Además es muy fluctuante: en contextos de crisis económica, lo primero que la gente recorta son las donaciones”.

Y baja esa idea a tierra: no se trata solo del propósito, sino de cómo se sostiene en el día a día. “Podés tener una causa increíble, pero si no tenés orden, procesos, alguien que mire los números… se cae”, dice.

Ahí es donde aparece su diferencial. Su trabajo no es solo acompañar organizaciones, sino ayudarlas a volverse viables en el tiempo: que lo social no dependa únicamente de la voluntad, sino también de una estructura que lo sostenga.

El impacto de ese trabajo se ve en las organizaciones que acompaña. Desde plataformas como Change.org, Donar Online, o Wingu, hasta otras iniciativas del ecosistema: hoy son 13 las organizaciones que Civic House acompaña con soporte técnico, estratégico, administrativo y legal.

Pero el trabajo no termina ahí. También están los proyectos “in house”, donde el equipo investiga, prueba y desarrolla nuevas formas de pensar la tecnología cívica en la región.

Algunos de los que más la entusiasman —y que menciona con admiración por el equipo detrás— son Fondo Cívico, Civic Compass y WorkerTech.


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Enseñar también es una forma de compromiso

Pero hay otra dimensión igual de importante en su recorrido: la docencia.

Todo empieza como alumna, en la Universidad de Buenos Aires, cuando cursa la materia Planeamiento Estratégico. Ahí conoce a Estela, cuya forma de enseñar —y, sobre todo, su compromiso— le cambia la perspectiva.

No era solo una materia teórica. Tenía una impronta muy concreta: el contacto con la realidad. Visitas a cárceles, acercamiento a organismos públicos, entender cómo funcionan —o no— ciertas estructuras del Estado.

Ese cruce entre lo académico y lo real fue lo que más la marcó, y cómo Estela la dictaba.

Estela termina siendo una referencia, una mentora, alguien que le muestra otra forma de ejercer la docencia: más cercana, más comprometida, más involucrada.

Con el tiempo, Natalia vuelve a ese mismo espacio, pero desde otro lugar. Hoy forma parte del cuerpo docente, y hay algo de esa experiencia que intenta sostener.

“Muchas veces es quedarte después de clase, charlar, ver qué le pasa al otro”, aparece en su forma de contarlo.

Y ahí vuelve a aparecer una idea que atraviesa todo su recorrido: “no hace falta estar en una organización para hacer algo social”; y la docencia, para ella, es justamente eso: otra forma —igual de válida— de generar impacto.


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Una construcción sin manual

Si algo define su recorrido es la falta de un camino lineal. No hubo una decisión única, ni un momento exacto donde todo cambió. Hubo, en cambio, experiencias que fueron abriendo preguntas y encuentros que fueron ampliando horizontes.

Cromañón fue uno de esos puntos de inflexión, pero no el único. La universidad, el trabajo, la docencia y las personas que fue encontrando en el camino —como Estela Cammarota— también fueron claves.

Hoy, su trabajo combina gestión, educación y compromiso. Y aunque ella lo describe como algo “natural”, lo cierto es que detrás hay años de búsqueda, decisiones y reconstrucción. Horas de trabajo, de pensar en un otro, de elegir muchas veces sin priorizar lo económico.

También hubo renuncias. Momentos en los que priorizar el impacto implicó relegar otras cosas, incluso en lo personal.

Hay en ella una modestia muy genuina. No es impostada ni discursiva: realmente no se percibe como alguien excepcional. Lo vive con naturalidad, como si fuera lo esperable. Pero justamente ahí está lo que la vuelve distinta.

Su recorrido no es lineal ni cómodo. Y, en muchos sentidos, rompe el molde.

No es menor que la entrevista haya sido un Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, una fecha que la atraviesa y la convoca. “Es un día que a mí me moviliza”, dice. “Me hace pensar en el rol que tenemos, en no mirar para otro lado”.

Quizás por eso su historia no se define por un hecho puntual, sino por algo más profundo: la capacidad de transformar lo vivido en una forma concreta de involucrarse, de estar del otro lado.

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“Entre Mates” es un espacio de entrevistas que invita a conocer historias de mujeres que inspiran, en un formato cercano y cotidiano, como una charla compartida con un mate de por medio. Si conocés o querés proponernos una mujer que te inspire, escribinos a @atelier.de.artemisa



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