Aquella luz que escasea brilla

Escribo porque los cubanos no pueden. Es un acto de resistencia, una forma de esperanza. Escribir es, también, un anhelo: que mis palabras lleguen a mis conocidos y más allá, porque los cubanos no pueden, aunque quieren. Escribo porque siento que se lo debo a todos los amigos cubanos que hice en el camino.

Basta con unos pocos segundos de charla para que abran su corazón y lamenten el estado actual de su Cuba. Lo cuentan con la esperanza de que alguien más lo diga, de que, por si no lo sabes, sepas que Cuba fue grande: «Tuvimos el primer ferrocarril de Latinoamérica», «Éramos el principal exportador mundial de caña de azúcar». Hoy, la historia es otra, el presente sombrío, y el futuro, incierto.

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«Fidel, aunque corrupto, por lo menos cuidaba la salud y la educación. Nunca veías un niño con hambre», es lo que dice la mayoría. «Pero ya ni eso». Los profesionales emigran, no hay producción local de prácticamente nada, y hasta el famoso ron cubano, que milagrosamente aún se destila en la isla, se elabora con caña brasileña o india.

Una de las principales motivaciones para mi viaje fue conocer la isla que acogió al idealista rosarino, quien vino a convertirse en un ícono mundial. Un lugar donde, en algún momento de los ’50, se planteó otra manera de organizar la sociedad.

Desde pequeña, cada vez que se menciona al Che, siento que la piel se me eriza y aflora un profundo nacionalismo en mí. Siempre he considerado injusta la desigualdad social y he creído que existen otras maneras de asegurar que nadie muera de hambre. Juzgar el comunismo desde un mundo capitalista parece sencillo, y aún lo pienso, pero comprendo que tanto el capitalismo como el comunismo terminan concentrando el poder en unas pocas manos. Durante mi viaje a Cuba, mochila al hombro, recorrí el país desde Santiago hasta La Habana, alojándome en casas de familia que deben abrir sus puertas a forasteros de otros mundos para juntar unos cuantos pesos. En cada rincón, la gente coincidía en algo: el Che murió a tiempo para hoy seguir siendo querido por el pueblo.

A juzgar por lo que hoy se ve, Cuba dejó de ser comunista hace tiempo. Actualmente, es un país donde la economía opera en la clandestinidad, donde la gente se ve obligada a encontrar maneras creativas de sobrevivir, a «rebuscarse» para hacer un mango para comer. El comunismo fue reemplazado por un sistema donde el gobierno ya no reparte lo poco que tiene; más bien, se limita a quitar. Ni siquiera la salud, otro ejemplo mundial, funciona.

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Cuba involucionó, volvió a cocinar a leña y a transportar gente en carretas. Es, para el turista, un viaje en el tiempo.

La situación en Cuba es tan compleja que no se puede definir si el comunismo es bueno o malo, especialmente ante el fracaso del modelo. Pasaron apenas cinco minutos antes de que viera la primera foto de Fidel en el camino y escuchara a un cubano exclamando con desprecio: «Este viejo hijo de puta». Hoy, más que nunca, Cuba es su gente; hoy, hacen patria o mueren de hambre.

El bloqueo existe y fomenta que todo vaya mal, pero es casi un chiste. Se ven productos de todas las nacionalidades, menos la cubana. Coca-Cola, Pepsi, Sedal, y hasta un Mustang. Productos hay, pero inalcanzables para el cubano promedio que no anda en algún negociado con parientes, recibiendo divisas del extranjero o conocidos del gobierno.

Hoy el comunismo se presenta como un fenómeno anecdótico, pintoresco. Se ve en detalles como la ausencia de publicidades en rutas o calles, pero sí una abundante propaganda. No se ven vastas extensiones de cultivos ni una economía diversificada; en cambio, lo que predomina es la economía de subsistencia de gente que lucha por sobrevivir.

En los casi 15 días que viajé de Santiago a Santa Clara, a las puertas de La Habana, me acompañaron unas 20 horas de corriente eléctrica disponibles, la mayoría de ellas durante la madrugada. Los zumbidos de los grupos electrógenos y el olor a «gasolina» mal quemada de viejos autos y ciclomotores a dos tiempos son la escenografía casi constante. Como contracara, en el último tiempo parecen haber proliferado las motos y «carritos» eléctricos, cuyo silencio al pasar sorprende.

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Aquella luz que escasea, sin embargo, brilla en el pueblo cubano.

Brilla en los ojos de aquellos que, esperanzados, sienten que el cambio es inevitable; que el rumbo que llevan solo los llevará a chocar contra una pared, y eso es insostenible.

Brilla aún en aquellos que sienten que, quizás inconscientemente influenciados por aquel viejo bote que trajo aires de cambio desde México, el cambio debe venir de afuera. Sienten que adentro no hay fuerza ni voluntad para torcer lo existente.

Brilla en los ojos cargados de ira inerte de aquellos jóvenes (y no tanto) que reconocen abiertamente estar viviendo una dictadura y saben que su sueño está fuera.

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Brilla en las mentes y sonrisas de un pueblo que antepone la cultura, la música, la alegría a la adversidad que significa, diariamente, hacerse de un plato de arroz con frijoles y poco más.

Brilla más explícitamente en los ojos colmados de lágrimas de aquellas familias partidas, donde madres saludan a sus hijos, maridos y padres, embarcándose en la incierta epopeya de buscar un futuro. Encomendándose a la mano de uno o varios coyotes que jugarán con sus ilusiones y, Dios o fortuna mediante, los depositarán en la tierra de las oportunidades, en búsqueda del ansiado reencuentro.

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La historia más paradójica que me crucé, y que resume todo lo expuesto, fue la de Jimmy, un ex combatiente revolucionario, poeta, que compuso versos para conmemorar la batalla de Playa Girón y llevó la bandera cubana a apoyar las luchas revolucionarias en el Congo. Custodió las espaldas del mismísimo Che en su ingreso a Santa Clara, y tuvo que escuchar a su propio hijo hace 20 años pedirle autorización para salir del país y emigrar a los Estados Unidos. Jimmy lo concedió con una sonrisa: «Porque en Cuba no había futuro».

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